Equívoco

Estoy indecisa. No sé si hacerlo o no. Lo pienso. Lo vuelvo a pensar. Sigo pensando. Y decido.

Preparo mis cosas, cojo las llaves y salgo. Sigo andando. Puedo retroceder, puedo volver a donde estoy a salvo. Pero no. Decido seguir y llegar a la estación donde subiré a ese autobús que me llevará a ese espeluznante lugar.

Ahí no todo es malo, os lo prometo. Sino no hubiera ido. Está claro. Pero tampoco sabía, en el momento de subir las pequeñas escaleras del autobús, que iba a acabar en esa situación.

Bien, no quiero adelantar acontecimientos.

Prosigo.

Llego al destino. Vivo momentos de incertidumbre, no sé lo que va a pasar ni como va a terminar todo esto. Durante hora y media estoy feliz, ausente de todos mis problemas, ausente de mi vida y de mis terribles pesadillas. Pero después, cuando vuelvo ahí, ya no hay nada. Me encuentro sola. Todo a mi alrededor ha desaparecido. Menos el peligro.

Doy vueltas y voy al baño. Debe ser el lugar más seguro aquí, donde me puedo cerrar y esperar a que todo pase. Dejo el vaso en el suelo, y también el bolso. Ya me da igual si se impregna de pipí u otras substancias aún no identificadas. Me siento en el váter y todo a mi alrededor empieza a dar vueltas. Me sujeto la frente con las manos y ese momento se vuelve interminable. Cierro los ojos y deseo estar en mi hogar, con la tranquilidad de una noche cualquiera. Con la certeza de que voy a seguir viva a la mañana siguiente.

Pero no. He decidido estar aquí. Al borde de la muerte o, incluso peor, de la tortura.

Decido salir del baño porque ya llevo demasiado tiempo. No puedo quedarme sentada sin hacer nada. Debo huir, escapar.

Salgo. Sigo andando.

La batería de mi móvil se ha acabado. Definitivamente estoy incomunicada. Y cada vez siento que estoy más sola. No sé que hacer. Cada vez respiro más rápido aunque, a la vez, me intento calmar.

¿Qué coño hago aquí? ¿Por qué?

Ya no hay vuelta atrás. Necesito actuar o esto va a empeorar.

Tengo malas ideas, pero incluso más cuando estoy envuelta de peligro.

Levanto la mano. Se para. Subo.

Voy hacia el lugar con destino a mi hogar. Pero algo sale mal. Espero durante una eternidad en una calle demasiado obscura pero nada pasa. Es como si nadie quisiera que volviese a casa.

¿Qué cojones estáis haciendo?

Bien, me calmo. O eso intento. Aunque cada vez noto más lágrimas deslizar por mis pómulos y caer en ese horrible infierno.

Necesito ayuda.

Alguien se para ahí. No sé quien es. Pero voy. ¿Qué más puedo hacer sino?

Esta situación está empeorando. Vamos dando vueltas, y mi cabeza también. No sé qué hora es ni donde estoy. Esto está demasiado oscuro y corremos por calles donde nunca antes había estado.

Tengo miedo. Pero miedo de verdad. No ese miedo que tienes cuando miras tu primera película de terror o te quedas solo en casa. No. No esa clase de miedo. Algo mucho peor.

Noto mi corazón palpitar apresuradamente. Me da un bombón. Lo cojo con la mano pero, en vez de comerlo, lo aprieto fuertemente con mis dedos. Lentamente noto como se va deshaciendo el asqueroso veneno. Porque sé que eso no era un bombón normal y corriente. No. No quería ayudarme. No quería sacarme de ahí.

Aunque, para ser sincera, no sé lo que quería.

Me tiemblan las manos, el cuerpo. Hace calor, no lo discuto, pero en mi recorre una sensación de frío inusual. Será el terror, el sufrimiento. La culpabilidad.

Por dios, no podía despedirme de nadie. No podía hacer nada. Ese era mi último día y lo iba a terminar así. Con las manos empapadas de veneno, con el corazón fatigado y los ojos empapados.

Empiezo a rezar. Nunca lo hago y sé que en ese momento ya no valía. Pero lo intenté. Recé y pedí a Dios poder sobrevivir.

Y en cuestión de segundos, aunque dudo que sea por lo que anteriormente hice, volví al lugar que me llevaba a mi destino. Y volvía a estar sola. Pero esta vez a salvo.

Y lloré. Lloré mucho más que antes. Tenía los ojos despedazados. Me dolía, sinceramente, todo.

Pero lo único que quedaba era esperar. Y así hice, aunque esa hora fuera la hora más larga de toda mi santa vida.

Y llegaron las escalerillas del autobús. Y las subí. Aún temblando por el miedo vivido. Me senté a seguir esperando.

Llegué a mi hogar. Mi cama, mi edredón.

Cerré los ojos y deseé, rotundamente, que cuando me despertara ya no recordase nada de eso.

Pero lo recordé.

Y por eso tenéis este escrito de mierda aquí.

Y por cierto, no se lo he contado a nadie. Y a nadie se lo voy a contar.

Esto es lo único que realmente solo sé yo.

Y de momento va a continuar así.

(Ah, y si, no escribo nada últimamente. No tengo inspiración pero hoy me apetecía escribir. Y qué mejor que escribir algo horrible.)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Y de golpe llega (parte 3)

Y de golpe llega (parte 1)

Tremebundo