2016
Querido 2016,
No sé muy bien como empezar esta
carta porque, sin lugar a dudas, te odio y te quiero a la vez, aunque parezca
raro.
Voy a explicarte exactamente
todo lo que siento por tí, aunque deberé dejarlo en el pasado si quiero
continuar hacia delante.
Tú has sido el año de mi cambio.
Mi cambio temporal, lógicamente. Nada es para siempre. Me diste fuerzas de
donde no había, de donde ya no se podía sacar nada más. Me empujaste a lo que
más quería y lo logré. Logré lo que me propuse. Y fue gracias a tí. Fue gracias
al momento, a las circunstancias, y, obviamente, a todo lo malo que me ha pasado.
Todos sufrimos de manera
distinta, no te lo negaré. Hay gente en peor situación que yo, pero yo he
vivido lo que nunca me hubiese imaginado que viviría. Es mejor que la muerte,
sí, pero en un momento sentí que ya no quería vivir más, y ese momento, juro por
Dios, que es lo peor que puedes sentir. Me acuerdo perfectamente de ese día,
aunque en realidad fue una etapa, y justamente no del 2016 sino del 2015. Aún
así todo va entrelazado.
En 2014, si no recuerdo mal, mi
madre se fue de mi vida. No murió, no tuvo ninguna enfermedad, simplemente se
fue. La persona con quien había estado pegada toda mi vida, des del día en que
nací, se marchó. Desde pequeña he sido una persona muy posesiva, celosa,
egoísta, envidiosa…pero solo en relación a mi madre. La quería solo para mí,
todo el día, que nadie más la tocara y, obviamente, que solo me diese cariño a
mí. Viví unos 15 o 16 años de mi vida
aferrada a ella. Queriéndola más que a mi propia vida. Por ella vivía, por ella
tenía ilusiones, por ella podía ser quien yo era, por ella he podido hacer todo
lo que he hecho. ¿Y sabéis cual es el problema de encontrar una persona por
quien darías la vida? Que cuando se va, se lo lleva todo. Me dejó vacía. Me
dejó sin alma. Parece exagerado, parece como si fuera simplemente una pesadilla
pero no, ocurrió de verdad. No tenía nada dentro de mí, ya no le encontraba
sentido a vivir. Ya no quería formar parte de esta vida porque lo que más
quería se había ido. Y se había ido por decisión propia. Se había ido porque
había querido. Prefirió a otra persona antes que a mí. Antes que a mí.
Fui a vivir a casa mis abuelos.
Las primeras semanas fueron
entre horribles i tranquilas. Tenía un sitio relajante donde descansar, dormir,
estudiar y hacer mi vida. Tenía vía libre para salir con quien yo quisiera.
Pero aquí me encontré a otro personaje, la persona que quería hacerme la vida
imposible así que mis lágrimas no dejaron de salir, seguí con insomnio,
ansiedad, problemas para respirar, nervios y con dolor de todo. No podía más.
No podía soportarlo. No podía estudiar porque ya no veía nada con tanto llorar.
No me podía concentrar. Llegué a llorar en todas partes. No podía controlarlo.
Fui al médico y me dio la solución. Juro, aunque no sé porque lo estoy jurando,
pero dejé de llorar. No me salían las lágrimas. Me las paró. Desde ese momento
mis sentimientos se fueron yendo. Ya no era tan sensible. Ya no me afectaban
tanto las cosas. Decidí ir a un psicólogo. No me funcionó. Dejé de ir. Lo único
que me hacía era preguntarme cosas, yo explicarle mi vida y se limitaba a
decirme que yo era de esas personas que responden lo correcto y no lo que
realmente sienten. Pero yo no quería sufrir. Prefería dejar los problemas a un
lado. No quería recordar a mi madre. Así que simplemente la dejé a un rincón de
mi mente, cuyo lugar no solía frecuentar muy a menudo. Además, en este tiempo
yo ya tenía un amor. Un amor que no quiso durar tanto tiempo como yo, un amor
que se fue igual que mi madre. Amores que no se entienden, pero en esta vida
tiene que pasar de todo, y en parte me alegro de que se fuera. Bueno no.
Después sigo con la historia.
Llegó 2016. No era feliz, pero
ya no estaba depresiva. Ya veía soluciones. Ya veía más mundo. Empecé con mi
propósito, bueno, típico propósito de toda persona, que era comer bien y hacer
ejercicio. Lo conseguí. Más motivación.
Mi madre seguía fuera.
Pero…¿sabéis qué? Ya no me importaba. Ya casi ni pensaba en ella. No os
mentiré, hubo momentos de bajón en el que se me escapó alguna lágrima y
reconocí que la echaba de menos. Pero echarla de menos no me servía de nada.
Nada haría que ella estuviera ahí conmigo, así que me limité a pensar en otras
cosas. Pensaba en él, en los estudios…pero sobretodo en mí. En mí misma que era
lo único que estaba completamente en mis manos y podía controlarlo todo yo.
Pero cuando estaba bien. Cuando
había llegado a mi objetivo (básculamente hablando, ignorando que esta palabra
no existe o eso creo), cuando me sentía feliz, genial, cuando ya estaba
llegando verano, cuando aprobé selectividad, cuando todo iba sobre ruedas…todo
cambió. Una persona decidió arruinar mi felicidad. Una persona decidió dejarme
ahí, en medio de la vida, donde me había acompañado durante un año y dos meses,
que parece poco pero fue lo suficiente como para que me enganchase a él y
sufriera, bastante, su despedida.
Nos situamos en junio. Empecé a
trabajar y de mientras estudiaba para selectividad. Él decidió no querer verme
porque se suponía que pasaba muchas horas conmigo y pocas con sus amigos.
Pasamos de vernos cada día a vernos dos días a la semana, ah, y solo si yo se
lo decía. Para él ya no existía la frase de: ¿Quedamos? Para él, creo, yo ya no
existía en esos momentos. Yo no era subnormal, yo veía que él se estaba
alejando de mí. Lo notaba y, que queréis que os diga, estaba en lo cierto
aunque él me decía que era desconfianza. Que no podía ser que yo desconfiara de
sus sentimientos y más mierda. Se ve que una chica quería tener algo con él,
según él no hizo nada porque me quería a mí. Pero estaba distante conmigo, lo notaba.
Aunque las guarrerías de mierda no se las quitaba nadie.
Pasaron los días. Me acuerdo que
para esas fechas vino mi madre, 3 días contados, o 2. No me acuerdo. Pero fue
un visto y no visto. Dormimos juntas, yo lloraba. Ya no me importaba ella. Me gustaba
que estuviera ahí pero en mi mente solo lo tenía a él. Me llegó a decir que si
yo no cambiaba me iba a dejar. Yo cambié. Juro que cambié. Ya no le llamaba, ya
no le decía nada, ya no le decía para quedar…vamos, ya no le molestaba. Pero,
sintiéndolo mucho, llegó el 24 de junio. Creo que fui a Palamós. Si, ahí fui. Y
cuando volví a casa, por la madrugada, hablé con él y me dijo que necesitaba un
tiempo. Sigo diciéndolo, no soy subnormal, o al menos en aquel momento no lo
era, por tanto, sabía que eso era el fin y por culpa de otra chica. Bueno,
culpa de él, coño.
En ese momento lloré. Nos
despedimos diciéndonos cosas bonitas. Juro que en ese momento no era consciente
de lo que estaba ocurriendo. Me limité a estar triste. Pero no lo sentí de
verdad. Luego llegó el dolor. El dolor más intenso de mi vida al percatarme de
que se había ido. Adiós. La palabra que más odio. He vivido tantas
despedidas…tantas odiosas despedidas que ya no las quiero vivir más. Ojalá
nadie me dejara nunca. Sí, lo siento, prefiero ser yo la mala. Porque lo he
vivido. Y sé que es más fácil dejar a alguien que aceptar que te han dejado.
Porque si tu eliges irte, es porque no prefieres quedarte.
Pero, eh, no os preocupéis. Os
he dicho que quiero el 2016, por tanto, continuemos. Llegó verano. Por dios.
¿Quién no es feliz en verano? No respondáis, yo, al menos, nunca estoy triste
en verano. Lo disfruté como nunca había disfrutado nunca nada antes. Fui mala,
tuve muchos chicos, y ¿sabéis qué? Me lo pasé de maravilla. Podía jugar, y a mi
los juegos me encantan, me apasionan. El chico que me había abandonado ese 24
de junio acabó volviendo. Primero solo volvió un poco, me acuerdo que lo fui a
buscar a la estación. Su autobús llegó tarde así que tuve que esperarme ahí
unas dos horas, en un banco, sola, a las doce de la noche, pasando frío (aunque
fuese verano) y al fin llegó. Fue un momento romántico, bonito. Fue un momento
que yo recordaré siempre. Ese día yo aún lo quería. Nos acabamos besando, era
mi debilidad, que queréis que os diga. Me prometió que volveríamos a estar
juntos. El día siguiente volvió a pasar de mí y me dijo que mejor seguir con la
distancia. Fue un golpe más duro que el anterior. Pero lo entendí como un
motivo para odiarle y no para echarle de menos. Continué mi vida. Piscina,
playa, chicos, líos…y volvió. Fuimos a un piso, el piso de mi hermana que
estaba libre. Vino. Nunca me había dicho todo lo que me dijo ese día. Nunca.
Creo que ese día descubrí como era realmente él, y supe que me quería. Supe que
me quería demasiado.
Primero era incómodo. Yo tenía
mi orgullo. No quería abrazarlo después de tanto sufrimiento. Pero ya os digo,
me gustaba ser mala así que me olvidé de todo lo que había pasado y me preocupé
solo de disfrutar. Sí, lo hicimos. Lo acabamos haciendo. Y no nos fuimos a
dormir hasta muy tarde porque se dedicó a explicarme todo lo que sentía. Me
pidió perdón no sé cuantas veces, me dijo que quería casarse conmigo, quería formar
una familia, que no se veía con nadie más, que en este tiempo sin mí había
sentido que no era feliz, que no estaba bien, que me prefería a mí antes que a
esa otra chica…y yo en esos días estaba conociendo a otra persona. Me había
ilusionado un poco (lo que suele pasar al principio) así que no pude seguirle
mucho el rollo. Le dije que necesitaba tiempo. Decidió dármelo. Le dije que le
quería pero que ahora era yo la que requería de un poco de espacio para pensar.
Lo aceptó.
Una semana después me vio liándome
con esa persona en una fiesta. Esa noche fui a dormir a casa de esa persona, a
media noche me fui. No sé como pero me sentía culpable. Acababa de perder al
amor de mi vida por una simple persona que ni quería. Cogí mis cosas y sin
hacer ruido abrí la puerta, fui a la calle, le llamé. No respondió. Seguí
andando hasta mi casa. Llorando. Me cogió el teléfono. No quería verme, estaba
enfadado, decepcionado, me dijo que eso no lo iba a perdonar de momento y
bueno, no mintió. Desde ese día todo terminó. Todo ha terminado. He intentado
recuperarlo. He luchado por él, en vano, porque él ya no quería saber nada más
de mí. Lo he perdido. Está claro que siento lástima. Fue lo más importante de
mi vida en su momento pero, se fue. Sentí un dolor en el corazón horrible pero
seguí adelante. Porque era verano. Y porque tenía que disfrutar de la vida. Ya
pensaré luego en los problemas.
De este año me quedo con el
verano. Y podría recordar muchas otras cosas de esos meses pero lo dejo para el
próximo escrito. Debo irme.
Por cierto, quiero que el 2017
sea igual, si no os importa. Eso si, paso de más abandonos. Si alguien quiere abandonarme
que me lo diga ya, así me voy haciendo a la idea y no me estropean mi próximo
verano.
Comentarios
Publicar un comentario