Vitae
Querida Vida,
Cuando te conocí, no pensaba que fueras a ser así. Cuando salí de ese vientre no lloré, desconozco el porqué, pero después de la primera palmadita, ya no paré. Y no he parado. Aún sigo llorando. Aún sigo sacando lágrimas, hasta más que antes.
Siempre he sido una persona que vivía buscando la felicidad. Queriéndose encontrar a sí misma, queriendo ser especial. Pero parece ser, que nunca he llegado a lograr lo que más quería.
Debo decirte, Vida, que por muchos malos ratos que me hayas hecho pasar, sigo sin haber aprendido nada. Supongo que debe ser porque me niego a aceptar todo ésto.
Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Sigo siendo débil a día de hoy, incluso más sensible que antes, incluso más frágil que cuando nací. Me han aparecido miedos que antes desconocía.
Dicen que cuando uno llora, se desahoga, que va bien para depurarse. A esto debo añadir, que si no fuese por sueño, podría haber llorado horas y horas, y, añado, en ningún momento me he sentido del todo desahogada. Paras de llorar porque ya no puedes más, no porque de golpe te sientas tranquila.
Dicen que cuando aprendes a estar sola, te vuelves más independiente y puedes lograr mucho más en la vida. Quiero decir, que el hecho de estar sola me ha hecho sentir que necesito demasiado a los demás. Que odio sentir ese silencio en mi casa. Ese silencio de cuando abres la puerta y sabes que nadie te está esperando. A veces hay alguien, pero está dormido, o hace su vida. ¿Y yo?
Tengo muchos recuerdos. El primero que se me viene a la mente es cuando iba a primaria y durante una semana estuve llorando cada día y noche porque pensaba en la muerte. Me daba pánico. No quería que nadie de mi entorno muriese. Y el pensar que podrían desaparecer, me hacía estar fatal. Me asusté al verme tan mal durante ese tiempo, por suerte se me pasó. Debía ser la edad.
Pero tiempo después, el año pasado concretamente, viví otra temporada mala. Me acuerdo que en ese momento tenía pareja. Nos veíamos cada tarde, y, al despedirnos, yo lloraba. No quería ir a casa. No quería estar separada de él. No quería volver a la realidad. Él me hacía estar en un mundo en donde la tristeza y el malestar no existían. Cuando llegaba a casa, el mundo se me caía encima. Y, lógicamente, me quedaba sin respiración. Y una parte de mí moría.
Ahora, más o menos, vuelvo a sentir lo mismo.
No me gustas Vida. Realmente, no me gustas. Te odio. Es decir, lo bueno que me has aportado, te lo has llevado. Cada vez me dejas con menos. Y con más sufrimiento. No me voy porque no quiero dejarte ganar. Porque tengo esperanza. Porque quiero cambiar. Porque prefiero esperar antes que rendirme. Porque sé que hay una persona que puede curarme todas mis heridas. Y por eso, voy a cambiarte Vida. Porque así, tal y como eres, me das demasiado asco.
Cuando te conocí, no pensaba que fueras a ser así. Cuando salí de ese vientre no lloré, desconozco el porqué, pero después de la primera palmadita, ya no paré. Y no he parado. Aún sigo llorando. Aún sigo sacando lágrimas, hasta más que antes.
Siempre he sido una persona que vivía buscando la felicidad. Queriéndose encontrar a sí misma, queriendo ser especial. Pero parece ser, que nunca he llegado a lograr lo que más quería.
Debo decirte, Vida, que por muchos malos ratos que me hayas hecho pasar, sigo sin haber aprendido nada. Supongo que debe ser porque me niego a aceptar todo ésto.
Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Sigo siendo débil a día de hoy, incluso más sensible que antes, incluso más frágil que cuando nací. Me han aparecido miedos que antes desconocía.
Dicen que cuando uno llora, se desahoga, que va bien para depurarse. A esto debo añadir, que si no fuese por sueño, podría haber llorado horas y horas, y, añado, en ningún momento me he sentido del todo desahogada. Paras de llorar porque ya no puedes más, no porque de golpe te sientas tranquila.
Dicen que cuando aprendes a estar sola, te vuelves más independiente y puedes lograr mucho más en la vida. Quiero decir, que el hecho de estar sola me ha hecho sentir que necesito demasiado a los demás. Que odio sentir ese silencio en mi casa. Ese silencio de cuando abres la puerta y sabes que nadie te está esperando. A veces hay alguien, pero está dormido, o hace su vida. ¿Y yo?
Tengo muchos recuerdos. El primero que se me viene a la mente es cuando iba a primaria y durante una semana estuve llorando cada día y noche porque pensaba en la muerte. Me daba pánico. No quería que nadie de mi entorno muriese. Y el pensar que podrían desaparecer, me hacía estar fatal. Me asusté al verme tan mal durante ese tiempo, por suerte se me pasó. Debía ser la edad.
Pero tiempo después, el año pasado concretamente, viví otra temporada mala. Me acuerdo que en ese momento tenía pareja. Nos veíamos cada tarde, y, al despedirnos, yo lloraba. No quería ir a casa. No quería estar separada de él. No quería volver a la realidad. Él me hacía estar en un mundo en donde la tristeza y el malestar no existían. Cuando llegaba a casa, el mundo se me caía encima. Y, lógicamente, me quedaba sin respiración. Y una parte de mí moría.
Ahora, más o menos, vuelvo a sentir lo mismo.
No me gustas Vida. Realmente, no me gustas. Te odio. Es decir, lo bueno que me has aportado, te lo has llevado. Cada vez me dejas con menos. Y con más sufrimiento. No me voy porque no quiero dejarte ganar. Porque tengo esperanza. Porque quiero cambiar. Porque prefiero esperar antes que rendirme. Porque sé que hay una persona que puede curarme todas mis heridas. Y por eso, voy a cambiarte Vida. Porque así, tal y como eres, me das demasiado asco.
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