¿Qué es?
¿Por qué tiene que pasar todo lo que está pasando? Y, ¿por qué nada de lo que pasa me complace? ¿Por qué tengo esta puta sensación constante dentro de mí?
Escribo esto con una tenue luz a mi lado, que tampoco ayuda demasiado, que tampoco me da la calidez que busco. Pero aún así sigo escribiendo porque tengo demasiadas cosas que arrojar para sentirme un poco menos atada a lo que me está matando.
Escribo esto con un nudo en el estómago, un ardor que me congoja y me hiere. Unas sensaciones que nunca se van y yo no quiero que estén. Pero ¿y si yo misma las provoco? ¿y si no puedo deshacerme nunca más de ellas?
Miro atrás, miro todo lo que un día sentí. Y lo veo tan lejano, tan como lo que nunca volveré a ser, que me ahogo. Y así continúo escribiendo. Aunque no cambie nada, aunque todo continúe siendo una puta mierda.
A veces imagino la salida o esa situación en la que podría ser feliz, pero sé, porque ya me ha pasado, que aunque me encuentre ahí, seguiré sintiéndome igual. Ya no importan las circunstancias, porque todo está aquí dentro. Todo está abrasando mi interior, deshaciéndose de mis fuerzas, de mis energías...de todas mis virtudes, mis deseos...Y ya no puedo detenerlo, demorarlo. Es como un hundimiento desmesurado, como si nunca acabara y siempre fuese a peor.
Dime, entonces, que es lo que está pasando porque ya no puedo soportarte más.
Y...
Me encuentro caminando por el mierda camino que conduce a la estación. Subiendo las escaleras con la mente agotada y mis ojos consumiéndose. Y me siento ahí, ausentemente. Y de golpe apareces, de la nada. Como si por fin todo se estuviese cumpliendo. Como si por fin lo que deseaba estuviese ocurriendo. Y te miro sorprendida, sin saber que decir. Permanezco unos minutos contemplando el color de tus ojos porque brillan más de lo normal, y sonrío. Y se me iluminan los míos también. Y luego, cuando me doy cuenta que no nos habíamos dicho nada, te hablo. Con la vista aún fijada en tus ojos. Pero no dices nada. Y me doy cuenta que ni me estás mirando a mí. Tienes la mirada perdida y no me estás escuchando.
Vuelvo a hablarte. Vuelvo a saludarte, a preguntarte como estás, que qué has estado haciendo. Pero todo sigue igual. Permaneces callado y miras a otro lado. La luz a nuestro alrededor se va mitigando y empiezo a hablar más fuerte. Incluso a gritar. Pero no me oyes. ¿No estoy ahí?
O...
¿Eres tú el que no estás aquí?
Me levanto rápidamente en busca de otra mirada. En busca de saber si realmente estoy viviendo ese momento. Pero no hay nadie más. Y cuando me giro para volverte a mirar, ya no estás. Busco tus maletas, las pertenencias que llevabas contigo, y no están por ninguna parte. Miro fuera, en la oscuridad. Y me veo reflejada. Pero ya no sé quien soy, y ya no sé lo que estaba buscando.
Pero vuelvo a mi asiento y,
una vez más,
me consumo en la soledad.
Comentarios
Publicar un comentario