Luz

Me estiro. Me estiro en tus sábanas, las mismas que hace semanas. Esas que aún tienen la mancha de chocolate, esa que no se va, o que ni has intentado quitar. No te juzgo. Adoro que sea así. Me gusta el ambiente cálido, la sencillez, el aroma de tu vida, de tus hechos...pero no voy a desviarme del tema, la cuestión es que me estiré. Ahí . Donde tu ibas a estirarte unos segundos después. Ahí. Ahí a mi lado, susurrándote a la vida que apagaras la luz. Te juro que no era porque me daba vergüenza que vieras lo que ocultaba mi rostro cada vez que te ponías encima, cada vez que tu cuerpo me rozaba la piel, todas las veces que mis labios te quisieron y tu les respondías con un ligero balanceo...te juro que no era por eso. Te juro que nunca apagué la luz por el placer que me dabas. Nunca una bombilla apagada estaba escondiendo lo que yo tenía dentro.

No voy a seguir porque ahora ya estoy levantada. Ya no sé donde estoy. Escucho un sonido. Son tus mismas sábanas, es tu mismo aroma, es el mismo lugar oscuro pero pongo los pies en el suelo. Intento buscar mis calcetines, podrían haber terminado en el jardín perfectamente, y no sería exagerar. Encuentro uno. Me conformo. Salgo despacio. Entro en ese pequeño laberinto que tú le llamas pasillo. Lo cruzo. Entro donde estás cocinando. Pelas una zanahoria, la pones en esas típicas ollas del Ikea y ya está. ¿Habíais visto nunca un chico cocinando verdura? En realidad no espero que me respondáis. Yo sé que nunca me había pasado, y en ese momento ya me encontraba en otro sitio.

Acababa de llegar. Después de haber andado durante todo el día por la misma zona, cruzando rotondas, desviando parques con abuelos pedófilos paseando perros inocentes, parándome en semáforos con coches que decían los típicos piropos a toda chica que pasaba, liándome un cigarro cada vez que volvía a donde había estado antes, sentándome en el banco donde un día llegué a tocarte...Reconozco tu puerta. Podría jurar que me daba miedo adentrarme en ese juego. ¿Quién me asegura que voy a salir viva de ésta? 

Ya estoy contigo. No sé cuanto tiempo ha pasado. No sé cuanto tiempo te he estado acosando a besos y torturando a caricias. No sé cuantas veces me has escuchado decirte lo tanto que me jodería si te perdiera. En todo lo que me cagaría si tuviese que decirte adiós. Pero sigo pensando que me daba miedo entrar. Desde un principio sabía a donde iba, a donde me llevabas. Pero no pulsé el botón. No paré. No me senté ni dije que podías irte. Sino que te llamé. Grité tu nombre sin saber lo que me deparaba ese acto. Seguía pensando en cuanto tiempo había pasado. Seguía sin recordarlo. Seguía sin saber donde iba a ir después de lo que me habías hecho. Ya está. Ya estoy dentro. Ignoro si me puede matar. Solo sé que puede haber dolor, cicatrices de objetos punzantes y alargados, cortes en labios irritados, coagulaciones en cuellos estirados, marcas de dientes en pieles destrozadas, formas rojas de manos en bolitas de papel...Podría retirarme. Pero el problema es que me gusta. Me gusta. Me gusta. Y ese es el problema. Ese es el mayor problema de mi vida. Y me gusta.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Y de golpe llega (parte 3)

Y de golpe llega (parte 1)

Tremebundo